
¿Quién es Emiliano Monge?
Emiliano Monge es un escritor mexicano nacido en Ciudad de México en 1978, columnista de El País, autor de No contar todo, Las tierras arrasadas y En lengua privada.
Emiliano Monge nació en Ciudad de México el 6 de enero de 1978. Es hijo de Carlos Monge Sánchez, que luchó como guerrillero junto a Genaro Vázquez Rojas, y nieto de Carlos Monge McKey: la historia de ambos protagoniza parte de No contar todo (2018), su primer libro de no ficción, sobre la herencia de la violencia masculina en su familia.
Estudió Ciencia Política en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde fue profesor durante varios años. Publicó su primer libro de relatos, Arrastrar esa sombra, y su primera novela, Morirse de memoria, en la editorial Sexto Piso. Es columnista de El País y sus libros se han traducido al inglés, francés, italiano, neerlandés, portugués, turco y griego.
Con El cielo árido (2012) ganó el premio Jaén y el premio Otras Voces, Otros Ámbitos; con Las tierras arrasadas (2015), el premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska y un English PEN Award, y No contar todo obtuvo el premio Colima de Bellas Artes. Es autor también de La superficie más honda (2017), Tejer la oscuridad (2020) y En lengua privada (Random House).
- Nacimiento: 6 de enero de 1978, Ciudad de México
- Familia: Hijo de Carlos Monge Sánchez, exguerrillero
- Estudios: Ciencia Política (UNAM), donde también fue profesor
- Obras destacadas: El cielo árido, Las tierras arrasadas, No contar todo, Tejer la oscuridad, En lengua privada
- Premios: Elena Poniatowska, Jaén, Otras Voces Otros Ámbitos, Colima de Bellas Artes
«SOLO HAY UNA COSA PEOR QUE EL CENSOR: EL DELATOR»
El País publicó el 23 de septiembre de 2026 una entrevista de Elena San José con el escritor mexicano Emiliano Monge (Ciudad de México, 48 años), con motivo de En lengua privada (Random House), un conjunto de relatos a caballo entre la ficción y lo ensayístico.
Dice Monge que cada persona construye su pasado a la medida de lo que necesita para que su presente se sostenga, y que de ese proceso de reinvención constante lo que más le interesa no es tanto lo que cada quien recuerda, «sino por qué lo recuerda de esa manera»: qué nos dice eso de un personaje o de una persona. En ese laberinto se adentra En lengua privada, donde pone a dialogar sus lecturas con episodios de su vida y de la de quienes le rodean. Los hermanos Joyce, Virginia Woolf o Coetzee, entre otros, desfilan para conversar —a veces literal, a veces metafóricamente— con sus vivencias, en un libro en el que Monge se pone a sí mismo en el centro por primera vez para hablar de la muerte, la enfermedad y esa cosa esquiva y obsesiva para cualquier escritor: el lenguaje.
La memoria engaña antes que la escritura
A la pregunta de si la ficción construida a partir de los recuerdos puede alterar totalmente lo que luego se recuerda como real, responde que totalmente, y lo cuenta con un ejemplo del propio libro. El texto sobre los hermanos Joyce tiene como detonante el día en que a su hermano le dio un ictus. Cuando salió el libro, su hermano le dijo que una parte no había pasado así. Monge le contestó que estaba loco, que qué iba a saber si estaba dentro e inconsciente, pero su hermano insistió en que recordaba perfectamente haberlos visto a él y a Ceci por una ventana antes de que empezara el procedimiento. Monge lo negó, y Ceci le dio la razón al hermano: «Fue tal cual como lo dice tu hermano». Él ya lo había convertido en ficción. Lo curioso, dice, es que escribió convencido de que había sucedido así: «Ya me había engañado la memoria antes de la escritura».
A la pregunta de si piensa que algo puede convertirse en literatura mientras está sucediendo, responde que no. Solo le ha pasado una vez, precisamente con este libro: mientras le contaban algo pensó que se quería ir ya a su casa a escribir, pero porque estaba en plena escritura del libro. No le suele pasar. En realidad se sienta a pensar en momentos de su memoria, los busca, y hay una transformación enorme para que funcionen como piezas de ficción. Sabe que hay escritores que llevan libretas y anotan cosas y frases, pero él no va recolectando: «De algún modo el primer filtro que necesito es que sobreviva al tiempo».
Peor que el censor: el delator
A la pregunta de quién queda más expuesto, él o las personas de su alrededor, responde que le cansa escuchar a tantas escritoras y escritores que dicen que a lo único que no pueden fallar es a la honestidad y al compromiso con la literatura, y que la literatura no permite ponerle límites. Lo entiende: uno no puede censurarse ni protegerse, y estar haciendo esas protecciones mata la literatura. «Pero, para mí, hay una sola cosa que es peor que el censor, y es el delator». Hay una línea que cuida: que por lo menos no haya ningún tufo de delación. El único acto de justicia mínima que intenta es tratarse a sí mismo, cuando está en el texto, exactamente igual que a los demás, y ser igual de transparente, aunque reconoce que se afecta más a los otros, y a veces de maneras insospechadas.
La muerte y el lenguaje que no alcanza
A la pregunta de por qué hay tantas experiencias relacionadas con la muerte en el libro, responde que, por un lado, lleva un par de años con la muerte muy presente: su generación está viendo enfermar y envejecer de golpe a los padres, a los tíos, y eso le da a la muerte «un rostro que no había tenido hasta ahora». Por otro lado, muchos de los autores e historias que atraviesan los textos también escribían sobre la muerte. Hay un punto, explica, en que la muerte se convierte en el reducto final no de nosotros, sino de la escritura, y lo mismo pasa con el lenguaje: «Hay un punto en que todos los escritores se dan cuenta de que el lenguaje no alcanza. Que llevas 25, 30, 40 años peleándote con el lenguaje, escribiendo, y de pronto no alcanza». Eso, dice, está relacionado con el silencio y con la muerte.
La enfermedad, la ternura y la vejez
A la pregunta de qué nos revelan las enfermedades de los demás sobre nosotros mismos, responde que a bote pronto uno pensaría que tienen que ver con el miedo a padecer lo mismo, pero que lo que revelan en realidad es la intensidad de nuestros cariños y las diferentes formas de la ternura: lo que se siente al estar con un enfermo, al cuidarlo, al tener terror de que algo le pase. La ternura desata un montón de sentimientos, ideas y acciones que a veces no sabemos que vienen de ahí, y nos cambia los roles en relaciones que, aunque no nos demos cuenta, están muy estereotipadas.
A la pregunta de si pasa lo mismo con la vejez, responde que totalmente. Es muy fácil pensar que la vejez transforma solo a los viejos, pero su vejez implica que nosotros también crecimos y cambiamos de etapa: los transforma a ellos y a nosotros ante ellos. Además, cree que la vejez destila cosas y van quedando en las personas «esencias muy chingonas»: vas viendo cómo salvan de ese proceso de desmontaje lo que quieren salvar y se aferran a lo que quieren conservar de sí mismas. Le parece una etapa interesante.
La mirada de la infancia
A la pregunta sobre la presencia de la mirada de la infancia, responde que le obsesiona que los narradores de sus libros sean muy distintos entre sí, y que en este caso, en lugar de construir un narrador —asumiendo que es un libro muy autobiográfico, por primera vez en su ficción, y no biográfico de alguien cercano—, trató de ponerse en la voz que tenía en el momento en que vivió cada suceso. Fue una manera de ver la infancia «no como una serie de hechos, sino como una serie de hechos sentidos», porque al buscar la voz también se busca la sensibilidad de esa época. Ver esa sensibilidad le gustó porque es el germen de la imaginación: como de niño vivió tantas enfermedades y pasó tanto tiempo sin poder salir a jugar, empezó a jugar en la imaginación y a meterse en los juegos de los demás imaginándose en ellos. Volver a esa infancia, dice, fue entender todo esto.
Miles de finales
A la pregunta de dónde termina la vida si, como escribe Amélie Nothomb, «la vida comienza donde empieza la mirada», responde que no sabe si termina, y que es extraño, porque cualquier cosa que empieza tiene un eco y la memoria hace que perdure. Sabemos que el Big Bang estuvo ahí, pero no sabemos nada del final del universo, por más que digan que un día se acabará. Todo inicio es un estallido de energía, incluso una historia: «Se te ocurre una historia, estalla y va hacia miles de lugares», y lo que hace el lenguaje es elegir un camino de esa explosión. Uno trata de meter todo lo que puede en ese pequeño río, pero se queda fuera muchísimo, y aunque termine el río que uno eligió, ya no puede hacer nada con lo que se fue a otros lugares: «Por eso algo que tiene un inicio tiene miles de finales».
A la observación de la periodista de que eso vuelve a ser el abismo del futuro, responde: «Pues sí, un abismo del que hay ecos rebotando».
Preguntas frecuentes sobre Emiliano Monge
¿Dónde y cuándo nació Emiliano Monge?
Nació en Ciudad de México el 6 de enero de 1978.
¿Quién es el padre de Emiliano Monge?
Carlos Monge Sánchez, que luchó como guerrillero junto a Genaro Vázquez Rojas; su historia aparece en No contar todo.
¿Qué estudió Emiliano Monge?
Ciencia Política en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde también fue profesor.
¿Cuál es la novela más premiada de Emiliano Monge?
Las tierras arrasadas (2015), premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska.
¿Cuál es el último libro de Emiliano Monge?
En lengua privada (Random House), un conjunto de relatos entre la ficción y el ensayo sobre la memoria.
Los libros de Emiliano Monge
En lengua privada
Relatos entre la ficción y el ensayo en los que el autor dialoga con los hermanos Joyce, Virginia Woolf o Coetzee para hablar de la memoria, la muerte y el lenguaje (Random House).
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Novela sobre la migración y la violencia en la frontera sur de México, premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska.
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