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Piedad Bonnett: biografía y entrevista sobre «La voz de las cosas»

Retrato de la escritora Piedad Bonnett

¿Quién es Piedad Bonnett?

Piedad Bonnett es una poeta, novelista y dramaturga colombiana nacida en Amalfi (Antioquia) en 1951, premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2024, autora de Los habitados y La voz de las cosas.

Piedad Bonnett Vélez nació en Amalfi (Antioquia, Colombia) el 18 de enero de 1951. Poeta, novelista y dramaturga, es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de los Andes, donde fue profesora de Literatura entre 1981 y 2010, y tiene un máster en Teoría del Arte, la Arquitectura y el Diseño por la Universidad Nacional de Colombia.

Ha publicado nueve libros de poesía —entre ellos Los habitados (2017), con el que ganó el premio de Poesía Generación del 27— y siete novelas, entre ellas Después de todo (2001), El prestigio de la belleza (2010) y Lo que no tiene nombre (2013), el relato en primera persona sobre el suicidio de su hijo Daniel, artista plástico, en Nueva York el 14 de mayo de 2011. En 2024 recibió el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, uno de los más prestigiosos de las letras en español, por el conjunto de su trayectoria.

En 2026 publicó La voz de las cosas (Random House), un libro que combina poemas y dibujos —muchos de ellos hechos por la propia autora sobre objetos que pertenecieron a Daniel— y que vuelve, quince años después, sobre el duelo, la memoria y la pregunta de cómo devolver a la vida, aunque sea a través del arte, a quien ya no está.

  • Nacimiento: 18 de enero de 1951, Amalfi (Antioquia, Colombia)
  • Estudios: Filosofía y Letras (Universidad de los Andes); máster en Teoría del Arte, la Arquitectura y el Diseño (Universidad Nacional de Colombia)
  • Obras destacadas: Después de todo, El prestigio de la belleza, Lo que no tiene nombre, Los habitados, La voz de las cosas
  • Premios: Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2024), Generación del 27 (2016), Casa de América de Poesía Americana (2011), Nacional de Poesía de Colombia (1994)

«EN EL FONDO QUERÍA PLASMAR QUIÉN ERA MI HIJO Y CÓMO PODÍA DEVOLVERLO A LA VIDA»

ABC publicó el 27 de septiembre de 2026 una entrevista de Diego Doncel con Piedad Bonnett, escritora colombiana, con motivo de La voz de las cosas (Random House), un libro en el que dialogan poemas y dibujos sobre objetos que pertenecieron a su hijo Daniel, artista plástico fallecido por suicidio en Nueva York el 14 de mayo de 2011. Es una pregunta que atraviesa buena parte de su obra poética y narrativa: qué es ser madre, cómo se debe recordar a un hijo muerto, cómo cuidar de él cuando vive preso de una enfermedad mental.

El origen de «La voz de las cosas»: dibujar tras la muerte de Daniel

A la pregunta de cómo influyó la muerte de Daniel en la creación de La voz de las cosas, responde que lo primero que pensó, cuando su hijo murió, fue que iba a escribir poemas, pero que el terror a no lograr algo de valor con la poesía le produjo una especie de cortocircuito. A partir de ahí ocurrieron dos cosas: decidieron viajar a Roma y a Italia para seguir enfrentando aquel duelo terrible, y fue en Italia donde se le ocurrió escribir Lo que no tiene nombre. De vuelta en Bogotá, tuvo que convivir con el vacío de los lugares en los que Daniel había estado muy presente, y en esas circunstancias empezó a abrir las carpetas gigantes en las que había dejado catalogada toda su obra. En Nueva York encontró entre sus cosas un cuaderno de dibujo y, un día, sin saber muy bien por qué, se dijo: «Voy a dibujar algo en el cuarto de Daniel». Cuenta que no le apetecía dibujar cualquier cosa, sino algo que tuviera relación con él, porque en ese momento todo tenía relación con Daniel en su cabeza; así que fue y dibujó la ventana de su cuarto —que daba a un árbol y a una calle muy solitaria— con un lapicerito de punta fina, en media hora. Ese dibujo la llevó a tomar la determinación de retratar las pocas cosas de Daniel que le quedaban: primero sacó y pintó la chaqueta viejísima que él había comprado en Nueva York, luego los zapatos y la bata con la que se graduó, firmada por sus amigos. Así empezó, explica, un proceso «mío, íntimo», que no le mostraba a nadie: un proceso espontáneo y desnudo en el que se habla de la ausencia y del vacío.

Volver a la pintura: una actividad «superlibre»

A la pregunta de qué supuso para ella volver a la pintura en aquellos momentos, responde que fue una manera maravillosa de descansar y pensar, porque mientras se dibuja se piensa en montones de cosas: es casi como abandonarse. Compara la experiencia con el yoga, que también practica, pero que tiene un «mandato» de posturas que hay que seguir; pintar, en cambio, lo vive como una actividad superlibre que la devuelve a la infancia, a la libertad del juego, a la felicidad y a la expansión.

El talento de Daniel y la dureza del mundo del arte

Preguntada por la intimidad de ambos con el arte desde jóvenes, responde que hasta los catorce o quince años ella misma no sabía si estudiaría Bellas Artes o Literatura, y que cree que escogió bien porque tiene más habilidad con el lenguaje que con las manos; además, apunta, el mundo del arte es «muy duro hoy en día, brutal». Sobre Daniel cuenta que desde muy pronto, desde los diez años, se dieron cuenta de que tenía un talento innato para el dibujo: lo pusieron en contacto con varios maestros y después hizo que se formara en Nueva York, donde estaba muy dotado para el retrato y la gente hacía corro para verlo dibujar. Pero al entrar en la universidad, ya con la enfermedad mental encima, le pasó algo terrible: el primer día le dijeron que «la pintura había muerto». Un año después, al visitar la Bienal de Venecia, se encontró con que la pintura estaba relegada a un sótano y que todo eran «performances» e instalaciones; y cuando su directora de tesis le preguntó por qué dibujaba perros en vez de fotografiarlos, cuenta Bonnett, «se le vino el mundo encima».

Perros, autorretratos y el secreto de una vida

A la pregunta de qué pintor era Daniel y cómo lo definiría, responde que primero fue mejor dibujante que pintor, y que en la universidad buscó un lenguaje propio hasta encontrar el tema de los perros: no era un trabajo hiperrealista, sino muy autobiográfico y ligado a su tragedia —perros desdibujados, hombres embozalados, autorretratos atormentados—, todo relacionado con el secreto de su vida, la enfermedad mental. Explica que los ojos penetrantes de esos perros, los mismos que vigilaban la universidad, tenían que ver con el miedo que le daba la locura, igual que sus autorretratos expresaban su angustia y su tormento: estaba pintando lo que le correspondía. Pero, añade, en él fue creciendo el miedo a no llegar a ningún sitio, a morirse de hambre, porque veía que la pintura no era valorada y que muchos artistas se quedaban con su obra en casa, sin salida. Por eso decidió estudiar Administración de Arte y un día le dijo que ya nunca más iba a pintar, algo que ella interpreta como una forma de autocastigo o de huida; define su obra como «una forma de vigilancia y de castigo», la de «un ser muy reconcentrado, muy exigente». Sobre los textos del propio libro, a la pregunta de cómo surgieron, responde que nacieron como un proyecto junto a alguien que fue alumna suya, dibujante, que estaba pasando por un duelo amoroso: siempre le han gustado, explica, los libros en los que el texto dialoga con una dimensión plástica, con dibujos o pinturas.

Objetos con alma: la chaqueta, los zapatos, la bata

Preguntada por el verso de Watanabe que ha repetido muchas veces —«la vida es física»— y por cómo se relaciona con estos dibujos, responde que la relación está bien vista: en ella existía un deseo muy fuerte de recuperación, la pregunta de quién fue Daniel y cómo devolverlo a la vida. Define este ejercicio de pintar sin premeditación como algo profundamente íntimo: es la chaqueta que todavía huele, los zapatos que le vio ponerse durante años porque no los cambiaba, el pantalón de pintura, el pijama. Esa cercanía con el objeto, explica, no le cuenta una historia; le habla de quien ya no está, como una presencia que sigue ahí, algo para lo que, dice, tampoco hay palabras. A la observación de que ella siempre ha tenido muy claro que una de las cosas que se pierde con la muerte —quizá la más importante— es ya no poder acariciar, tocar o sentir ese cuerpo, responde sin rodeos: esa es la muerte, no es sino eso, y no está, físicamente no está, y la idea más horrible es que ya no va a estar nunca más.

La llamada de la donación de órganos

Preguntada por el momento en que ese estado —todo reducido a lo físico— se hizo más evidente, con la llamada de la persona encargada de la donación de órganos, cuenta que su hija le anunció por teléfono que le iba a pasar a la señora encargada de la donación; ella se quería negar, pero acabó asintiendo. Fue terrible, dice, tener que decir que sí a la donación de cada órgano mientras se los iban nombrando —el corazón, los riñones, la piel de la espalda, los huesos de las piernas—, y después, al entrar en una especie de templo donde estaban los restos de Daniel en una caja de cartón, todo le pareció estar en otra dimensión. Recuerda que se preguntó qué había allí, qué había que fuera realmente Daniel, y concluye que no había nada: solo un montón de cosas que no eran él. Esas son, dice, las experiencias verdaderamente brutales, porque luego encuentras el carné, la foto, las gafas de natación, los diplomas del colegio, y eso es otro enfrentamiento distinto.

«La una y diez de la tarde»: el tiempo que se rompió

A la pregunta sobre la frase que repite en sus libros —«la una y diez de la tarde»— y que vuelve a escribir en La voz de las cosas, en referencia a la hora del 14 de mayo en que se rompió el tiempo, responde que a la una y diez se rompió en verdad su vida, y que no ha habido un corte más abrupto que ese. Los objetos que dibuja, explica, son tiempo: el tiempo de ayer y el de hoy, cosas que ya estaban desgastadas de alguna manera pero que el tiempo sigue desgastando, y que uno nunca sabe adónde van a acabar. Confiesa que siempre piensa que, cuando ella muera y sus hijas —o quien sea— abran ese clóset, esas chaquetas acabarán en una bolsa de basura o para algún indigente: todo sigue envejeciendo, como nosotros, todo sigue su curso.

Intensidad, brevedad y el humor como forma de aligerarse

Preguntada por la intensidad y la brevedad de su estilo, especialmente acusadas en este libro, responde que empezó siendo una escritora muy expresiva, hasta que confluyeron dos cosas: leer a Blanca Varela, cuyo lenguaje sintió como propio, y la enfermedad de Daniel, que le hizo despreciar cualquier exceso de palabras. Ahora, en los poemas que está escribiendo, dice haber llegado a una nueva dimensión: una forma de desprenderse del dolor sin desprenderse de él del todo, tratando de zafarse mediante el humor, «como volver a aligerarme».

«Las palabras están para dialogar, no para cancelar»

La entrevista se cierra con la actualidad cultural y política. A la pregunta sobre la necesidad de tomar opinión —no partido— en un mundo marcado por la cancelación, recordando que ella misma ha firmado en contra de la cancelación de la escritora Ariana Harwicz, responde que lo ve como algo muy peligroso, porque no se sabe dónde está el límite, y que lo que ha conquistado la civilización es precisamente la coexistencia de lo distinto; la gran amenaza actual, dice, es la persecución de lo distinto. Señala que el distinto de hoy es el migrante, al que desde el entorno de Trump se está estigmatizando igual que en su día se estigmatizó a los judíos, y defiende que las palabras están para dialogar y discrepar, pero no para cancelar, porque vivimos en un mundo de interconexiones; distingue con cuidado entre el Gobierno de Netanyahu, el Estado judío, el pueblo judío y el sionismo, y avisa de que eso no significa que en ciertos momentos no haya que ser radical. Dice entender, por ejemplo, la formación del Estado judío y, hasta cierto punto, el sionismo, pero se declara contraria a todos los horrores cometidos por Netanyahu, dispuesta a manifestarlo en cualquier escenario. Cierra reflexionando que vivimos en «la época de las simplificaciones», desde la academia hasta las redes sociales, y que la literatura, como bien dijo Milan Kundera, se está simplificando porque ha asumido la misma simplificación que el periodismo, la política o la tecnología; se pregunta, para terminar, si vamos a cancelar a Quevedo o a Shakespeare, y qué nos quedaría entonces.


Preguntas frecuentes sobre Piedad Bonnett

¿Dónde y cuándo nació Piedad Bonnett?

Nació en Amalfi (Antioquia, Colombia) el 18 de enero de 1951.

¿Qué estudió Piedad Bonnett?

Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes, donde después fue profesora de Literatura; también tiene un máster en Teoría del Arte, la Arquitectura y el Diseño por la Universidad Nacional de Colombia.

¿Qué le pasó al hijo de Piedad Bonnett?

Su hijo Daniel, artista plástico, se suicidó en Nueva York el 14 de mayo de 2011 tras convivir varios años con una enfermedad mental. Su muerte está en el origen de dos de sus libros: Lo que no tiene nombre (2013) y La voz de las cosas (2026).

¿Qué premios ha ganado Piedad Bonnett?

Entre otros, el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2024), el premio de Poesía Generación del 27 (2016) por Los habitados y el premio Casa de América de Poesía Americana (2011).

¿De qué trata «La voz de las cosas»?

La voz de las cosas (Random House, 2026) reúne poemas y dibujos de objetos que pertenecieron a su hijo Daniel, y explora cómo el duelo puede convivir con la memoria y con el intento de devolver a la vida, a través del arte, a quien ya no está.


Los libros de Piedad Bonnett

La voz de las cosas

Piedad Bonnett

El libro que motiva esta entrevista (Random House, 2026): poemas y dibujos, muchos de ellos hechos por la propia autora, sobre los objetos que pertenecieron a su hijo Daniel.

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Lo que no tiene nombre

Piedad Bonnett

El relato en primera persona, publicado en 2013, en el que Bonnett contó por primera vez el suicidio de su hijo Daniel y su enfermedad mental.

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Los habitados

Piedad Bonnett

Poemario de 2017 con el que ganó el premio de Poesía Generación del 27, en España.

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