
¿Quién es Manuel Vilas?
Manuel Vilas es un poeta y novelista español nacido en Barbastro (Huesca) en 1962, conocido sobre todo por la novela autobiográfica Ordesa (2018) y ganador del premio Nadal 2023 por Nosotros.
Manuel Vilas Vidal nació en Barbastro (Huesca) el 19 de julio de 1962. Poeta y novelista, estudió Filología Hispánica y durante años cultivó sobre todo la poesía, con libros como Resurrección (premio Jaime Gil de Biedma, 2005), Calor (premio Fray Luis de León, 2008) o El hundimiento (premio Generación del 27, 2014). En 2016 recibió el premio de las Letras Aragonesas.
Su gran éxito llegó en 2018 con Ordesa (Alfaguara), una novela autobiográfica sobre la relación entre padres e hijos que empezó a escribir poco después de la muerte de su madre, en mayo de 2014. Vendió más de cien mil ejemplares, fue elegida libro del año por numerosos medios, se tradujo a más de veinte lenguas y obtuvo en Francia el premio Femina de novela extranjera (2019).
Después llegaron Alegría, finalista del premio Planeta 2019 y continuación de Ordesa; Los besos (2021); Nosotros, con la que ganó el premio Nadal 2023; El mejor libro del mundo (2024) e Islandia (Destino, 2026), en la que relata su divorcio de la escritora Ana Merino.
- Nacimiento: 19 de julio de 1962, Barbastro (Huesca)
- Estudios: Filología Hispánica
- Obras destacadas: Ordesa, Alegría, Los besos, Nosotros, Islandia
- Premios: Nadal (2023), finalista del Planeta (2019), Femina extranjero (2019), Jaime Gil de Biedma (2005)
Nueva entrevista a Manuel Vilas sobre «Zeta»
Esta ficha se actualiza cada vez que Manuel Vilas concede una nueva entrevista. La que sigue es la conversación más reciente, en una de sus últimas entrevistas, de nuevo con motivo de la reedición de Zeta (Páginas de Espuma) —posterior a las dos que ya recogía esta entrada, que se conservan íntegras más abajo—. En ella, Vilas repasa con más detalle la etapa punk en la que escribió aquellos primeros relatos, su crítica a la fealdad de las periferias urbanas españolas y qué queda hoy de aquel escritor iconoclasta de 1979.
El libro recuperado: entre el olvido y «Aire Nuestro»
Preguntado por si tenía el libro presente todo este tiempo, responde que esas cosas se olvidan, porque uno vive instalado en su presente literario, y recuerda que era Nietzsche quien decía que, sin el olvido, acabaríamos todos volviéndonos locos.
A la pregunta de qué sintió al releerlo, contesta que se dio cuenta de que era un escritor que ya no es ahora; añade, sin embargo, que la recepción del libro está siendo muy buena, y que la gente se sorprende de que tuviera un pasado literario con una vitalidad, una rebeldía y una fuerza iconoclasta tan grandes como las que hay en ese libro.
Ante la observación de que quien no le conozca pensará eso, porque en «Zeta» ya late «Aire Nuestro» —calificado de «fantástica»—, responde que el público general le conoció a partir de Ordesa, libro que cambió su manera de escribir y su mundo literario: se humaniza, se vuelve más introspectivo y de enfoque clásico. Explica que es como si Ordesa le hubiera quitado la parte más rupturista, insensata, abismal, nihilista y punki que tenía antes, y resume la diferencia con una imagen: «Zeta» serían los Sex Pistols y Ordesa, Leonard Cohen; confiesa que a él le gustan los dos.
1979: droga, rock y los primeros versos
A la pregunta de si era punki en 1979, responde que eran todos unos drogadictos, que en España se drogaba todo el mundo, que la droga entró de una manera brutal y se llevó por delante a mucha gente; cuenta que él se quedó en el porro y no fue a lugares más peligrosos por puro instinto de conservación, aunque vio espectáculos verdaderamente terribles.
Preguntado por si aspiraba a ser escritor, contesta que cuando tenía 17 años ya escribía poesía, que le dieron un premio, pero que le gustaba sobre todo el rock; señala que en el libro hay un homenaje al tema «Street Hassle» de Lou Reed, publicado en 1978, que narra una pelea callejera entre gentes de mal vivir.
Zaragoza y la fealdad de las periferias como denuncia política
Sobre que en «Zeta» aspiraba a reimaginar Zaragoza, explica que veía que las ciudades españolas habían pasado a la literatura siempre desde el costumbrismo del siglo XIX o desde el realismo, sin que se hubiera producido una modernización de la mirada sobre ellas; cuenta que le pareció que esa modernización era posible, sobre todo trabajando literariamente desde la periferia, desde la brutalidad y la fealdad de los barrios periféricos. Recuerda que España es el segundo país del mundo, después de Italia, en patrimonio histórico, pero que tiene periferias donde viven miles de españoles y que son espantosas. El propio artículo destaca aparte, como cita, una reflexión suya sobre la censura: «La información falsa y la manipulación son nuevas formas de censura. Antes se quemaban los libros».
A la observación de que hoy se reivindican esos barrios obreros de aluvión por su paisaje humano y hasta urbano, responde que sí, como algo bello, pero que no lo es: que uno puede sentirse orgulloso de su familia aunque el barrio sea feo, porque quien lo construyó no tenía como misión la belleza. Sostiene que esa debería ser una categoría política, que no dar casas feas a la gente es una reivindicación política y un paso más de la ciudadanía, que no es un problema de dinero sino de imaginación; añade que, de lo contrario, la vida se entristece, se amarga, y las cosas cotidianas se vuelven personajes demoníacos.
Preguntado por el desdén con el que se hizo todo aquello —las casas para los pobres—, habla de un desprecio total hacia la clase media, que según dice ya es media baja porque «se la han cargado»: la describe como achicharrada, quemada y abrasada. Cuenta que en los años 90 se dio cuenta de algo fundamental, que la aventura más importante de su vida iba a ser comprarse un piso, y que aquello fue su épica y la de todos los ciudadanos de los 90; pero que ahora eso es más, es ciencia ficción. Añade que, al releer el libro, le sorprendió ver el tema de la especulación inmobiliaria contado de una forma gótica, y concluye que la fealdad facilita los prodigios fantasiosos.
Por qué se escribe y qué queda de aquel escritor punki
A la pregunta de si recuerda por qué empezó a escribir, responde que fue por admiración y deslumbramiento hacia la vida, un fenómeno misterioso, potente y devastador ante el cual uno tiene que hacer algo; explica que la literatura era una forma de canalizarlo, y que en «Zeta» lo cotidiano aparece como diabólico y como amenaza.
Preguntado por si queda algo de aquel escritor, contesta que el humor: el de «Zeta» es más irreverente e iconoclasta, mientras que el de ahora es emocional y también sentimental. Reflexiona que todo ser humano viene a esta vida a hacer ruido y que poco a poco se va calmando, que la entropía y el desgaste aplacan, y que uno acaba viendo zonas de la realidad absolutamente maravillosas que el joven desprecia. Concluye, entre risas, que el joven que escribió «Zeta» odiaría sus últimos libros, y que seguramente diría de él: «Va, este tío es un gilipollas».
Entrevista anterior: «Zeta» (septiembre de 2026, El Periódico Extremadura)
Esta fue la segunda entrevista incorporada a esta ficha, publicada por el Periódico Extremadura el 27 de septiembre de 2026 (entrevista de Daniel Monserrat) con motivo de la reedición de Zeta (Páginas de Espuma), el volumen que reúne sus dos primeros libros de relatos, corregidos y reescritos por él mismo más de veinte años después. Es anterior a la conversación de arriba y posterior a la que dio origen a esta entrada sobre Islandia, que se conserva íntegra más abajo.
El regreso a los relatos de juventud
A la pregunta de qué pasa por la cabeza de un escritor para querer reeditar esos primeros relatos tanto tiempo después, responde que Zeta era un libro descatalogado y desaparecido, y que fue Juan Casamayor, de la editorial Páginas de Espuma, quien tuvo la idea de reeditarlo. Cuenta que al releerlo sintió algo de miedo por comprobar cómo era él mismo hace veintitantos años, pero que el libro le encantó y le hizo reír muchísimo; concluye que un libro que hace reír «tiene que reeditarse», que no puede quedarse en la oscuridad.
Sobre si el Manuel Vilas de entonces ya no es el de ahora y si ha sido un ejercicio de nostalgia reencontrarse con uno mismo, contesta que «el misterio del tiempo te atrapa»: el tipo de escritor que era entonces ya no lo es, evidentemente, pero sigue dentro de su cuerpo porque lo escribió él. Añade que quizá todo ser humano carga con ese misterio, y que en los escritores, al tener los libros como testigo, ese misterio se materializa de una forma más violenta.
Preguntado por si echa de menos a aquel Manuel Vilas, responde que sí, porque era muy salvaje y estaba sin domesticar, con una visión de la vida distinta; echa de menos esa juventud «disruptiva, subversiva, sin filtros», que cree que tiene que ser así.
A la pregunta de si cree que ya no es así fundamentalmente por haber cumplido años, responde que es básicamente por la edad: el paso del tiempo va quitando energías, fuerzas y pasiones, o las transforma en otra cosa. Reconoce que le ha dado «un vuelco de corazón» recordar al escritor que fue.
Zaragoza, la periferia y la fealdad como denuncia
Sobre que la Zaragoza que aparece en Zeta obviamente no es una Zaragoza al uso, pero que él sigue llevando dentro, explica que cuando escribió el libro pensaba que todas las ciudades españolas —no solo Zaragoza— tenían ya una representación literaria, o bien costumbrista (sobre todo la del siglo XIX) o bien realista, y que no se había ensayado un paso distinto. Cuenta que vio la posibilidad de representar una ciudad española desde postulados mucho más posmodernos, un «gótico zaragozano», una especie de Gotham City con fantasía y delirio, fijándose no en la parte histórica de la ciudad sino en la periferia: los polígonos industriales, las urbanizaciones periféricas. Señala que cuando se piensa en Madrid, Zaragoza o Valencia se piensa en el casco histórico, siempre maravilloso, con sus catedrales y su historia arquitectónica, pero que esas no son las ciudades donde vive la gente. Recuerda que en Zaragoza fue testigo del nacimiento del barrio del Actur, entonces periférico y hoy ya no; explica que esa periferia de ladrillo, que surgió en los años 80 y se generalizó en España en los 90, necesitaba una representación literaria, y que pensó que no debía ser la del realismo, sino más bien la del impresionismo, con distorsión y una mirada más vanguardista. El propio periódico destaca aparte esta misma idea, en forma de cita: «Cualquier barrio en la periferia tiene urbanizaciones horribles, donde lo que prima es la fealdad».
Al plantearle que, en definitiva, es una denuncia, responde que sí, que en Zeta hay también una denuncia de la fealdad de las periferias: que todas las periferias españolas son profundamente feas y que cualquier barrio construido en la periferia tiene urbanizaciones horribles donde prima la fealdad.
Preguntado por si le molesta que use sus experiencias personales para escribir, contesta que eso «solo pasa en España», porque las novelas de inspiración autobiográfica son una tendencia universal presente en todas las literaturas; lo llama «una constatación objetiva». Añade que cuando viaja fuera se ve con claridad que no importa la vida del autor en la novela, sino que el lector reconozca la suya propia, y que en la vida que narra el escritor no hay nada más que eso.
A la afirmación de que es un hecho que esa literatura triunfa, responde que el lector también demanda un tipo de novela en la que lo que se cuenta tenga una autenticidad mayor que la que hay en la ficción, aunque matiza que en la literatura cabe todo y que no entiende por qué hay que criticar una manera de escribir.
Literatura, lectores y la crisis de curiosidad
Preguntado por si cree que la literatura y la escritura son la mejor manera de expresar el sentir humano, responde que sí, y que una de las cosas que más le fascina de su oficio es hablar con los lectores: a ellos les da igual la tendencia o la técnica literaria que emplee en la novela, lo que buscan es que lo que se narra en un libro tenga que ver con su propia vida, y que cuando eso ocurre se produce la literatura. Explica que la literatura nace justo en ese encuentro entre un lector y un escritor, que eso es universal y que sigue siendo «el centro, el gran capital de la literatura»: esa comunicación especial entre un escritor y un lector. Mientras eso exista, dice, existirá la literatura.
A la pregunta de si le obsesiona el paso del tiempo, responde que mucho, y se pregunta «¿a quién no?». Explica que a veces no se verbaliza socialmente un problema existencial clásico como la mortalidad, porque parece que incomoda hablar de la condición mortal de los seres humanos; afirma que la literatura trata justamente los temas que incomodan y que buena parte de su necesidad viene de ahí, porque en la conversación social se evitan los temas incómodos, como la propia condición mortal. Añade que mucha gente necesita la literatura porque allí sí se dice: que somos seres temporales, rodeados de misterios —el nacimiento, la marcha de este mundo, el sentido de la vida—, y que todo eso es la condición humana y patrimonio de la literatura.
Ante la observación de que eso es más grave de lo que parece, responde que quizá eso explique la falta de curiosidad por saber, y que detrás de eso están cosas como el informe PISA: una falta de curiosidad por la propia condición humana. Sostiene que eso es lo que ocurre en la escuela, y que no se trata tanto de una crisis del sistema educativo como de una crisis de no querer saber quiénes somos, por qué somos mortales o cuál es el sentido de la vida. Lamenta que esa sed de conocimiento que él sentía con 15 o 16 años, la que le empujaba a los libros, haya desaparecido, y advierte de que si a la gente se le quita esa sed, se puede terminar encontrando con que la ignorancia sea lo común.
Entrevista anterior: «Islandia» (2026)
Manuel Vilas, escritor aragonés y una de las voces más reconocibles de la literatura contemporánea española, vuelve a situarse en el centro de su propia biografía con la publicación de Islandia, editada por Destino. En esta obra, transforma una experiencia íntima —una ruptura sentimental que se prolongó durante once años— en una reflexión profunda sobre el amor, la pérdida, la memoria y la supervivencia.
Lejos de construir un relato convencional sobre el divorcio, Vilas propone una exploración emocional que desborda los límites del género autobiográfico. Islandia no es una crónica de enfrentamientos ni una narración de reproches. Es, ante todo, un análisis del tiempo compartido y del modo en que las relaciones evolucionan, se transforman y obligan a redefinir la identidad personal.
La frase que marca el punto de inflexión
Toda la novela gira en torno a una declaración directa y devastadora: “Ya no estoy enamorada de ti”. Esa frase actúa como detonante narrativo y como fractura psicológica. A partir de ese instante, se abren dos tiempos: el pasado en el que el amor existía y el presente en el que ha desaparecido.
Para Manuel Vilas, escritor, esta ruptura no implica únicamente el final de una relación sentimental. Supone la necesidad de comprender qué ocurrió, qué se hizo mal y, sobre todo, cómo salvar el recuerdo de lo vivido. La escritura se convierte entonces en una herramienta para rescatar el pasado y evitar que el amor compartido quede reducido a una anécdota o a un error.
La literatura funciona aquí como un mecanismo de memoria. No se trata de negar la ruptura, sino de integrar el pasado dentro de una narrativa que otorgue sentido a la experiencia.
Una ruptura inusual: del amor de pareja a la amistad
Uno de los aspectos más singulares de Islandia es que no presenta un divorcio convencional. No hay un relato dominado por el egoísmo ni por la confrontación permanente. Lo que narra Vilas es una transformación del amor.
La relación evoluciona desde el vínculo de pareja hacia una amistad profunda. Este tránsito no está exento de dolor ni de oscuridad, pero se plantea como una posibilidad real cuando existe inteligencia emocional. El título Islandia simboliza precisamente ese territorio desconocido al que pueden llegar las parejas que rompen: un país nuevo, extraño y exigente.
En esta visión, la amistad posterior no es un consuelo menor, sino una forma distinta de amor. El escritor plantea que esta transformación es posible, aunque requiere sufrimiento, reflexión y madurez.
La soledad no elegida en la madurez
Uno de los temas centrales que aborda Manuel Vilas, escritor, es el miedo a la soledad no elegida. Tras la ruptura aparece una pregunta inmediata: “¿Qué hago ahora?”. Esa incertidumbre refleja un temor profundo que muchas personas experimentan en determinadas etapas de la vida.
La soledad derivada de decisiones pasadas o circunstancias inevitables se convierte en un problema sociológico que a menudo se oculta. Vilas señala que existe una presión cultural por aparentar estabilidad emocional, cuando en realidad muchas personas atraviesan momentos de desorientación y vacío.
En Islandia, la soledad no se presenta como un fracaso absoluto, sino como una fase que obliga a revisar el pasado y a redefinir el futuro. El dolor inicial abre paso a un proceso de introspección que sostiene el núcleo de la novela.
La culpa como motor de la existencia
Si hay una idea que articula el pensamiento de Manuel Vilas en esta obra es la concepción de la culpa como energía vital. El narrador realiza un recuento de errores y se responsabiliza de no haber sabido mantener o trabajar la relación.
Para el autor, la culpa no es un lastre paralizante. Es un motor. Afirma que sentirse culpable es la prueba de haber vivido intensamente. Solo quien ha actuado, amado y se ha equivocado puede experimentar esa sensación.
La tradición judeocristiana, según su reflexión, ha instalado la culpa como parte estructural de la cultura occidental. Sin embargo, Vilas resignifica esa herencia: la culpa no debe entenderse únicamente como castigo moral, sino como impulso de conciencia. Es la señal de que la existencia ha sido real, concreta, imperfecta.
Vivir sin culpa sería, en su planteamiento, vivir en el éter, en una dimensión abstracta sin compromiso emocional.
El lenguaje del amor: una lengua que se extingue
Otro de los aspectos más originales de Islandia es la reflexión sobre el lenguaje en las relaciones. Las parejas crean un léxico propio: palabras, expresiones y códigos que solo ellos comprenden. Ese idioma íntimo constituye una forma de identidad compartida.
Tras la ruptura, ese lenguaje desaparece. Se convierte en una lengua muerta, comparable al latín o al griego. El narrador es consciente de las palabras que ya no se dicen, de los términos que han perdido su sentido.
En este punto, Manuel Vilas, escritor, plantea una cuestión fundamental: las emociones más intensas desbordan el lenguaje. A menudo, las palabras resultan insuficientes para describir lo que sucede en el interior de una persona. Por eso la novela se construye desde una búsqueda constante de precisión lingüística, aunque el propio autor reconoce que en ocasiones solo la frase compleja o el pensamiento elaborado pueden aproximarse a lo inenarrable.
La literatura, entonces, se convierte en un intento de fijar aquello que tiende a desaparecer.
La religión del pasado y la influencia de Proust
Vilas se reconoce heredero de Marcel Proust, a quien considera fundador de la “religión del pasado”. Según esta visión, escribir es un acto de salvación del tiempo. Recordar no es un ejercicio nostálgico sin más; es una forma de otorgar permanencia a lo vivido.
Islandia participa de esa tradición. El autor no escribe solo para explicar una ruptura, sino para preservar el amor que existió. La memoria se transforma en una herramienta filosófica: recordar es confirmar que la vida tuvo intensidad y significado.
El lector no se enfrenta únicamente a los recuerdos del narrador, sino que es invitado a activar los propios. La experiencia individual se convierte en espejo de experiencias universales.
Idealización del amor y pérdida de la objetividad
El amor, tal como lo presenta Manuel Vilas, elimina la objetividad. Cuando se ama, la percepción de la realidad se transforma. Aparece la belleza incluso en lo imperfecto y se intensifican las emociones.
En la novela se reconoce el riesgo de idealizar el pasado. Sin embargo, esa idealización forma parte de la experiencia amorosa. El amor es descrito como el sentimiento más intenso que puede experimentar el ser humano. Su desaparición no borra esa intensidad previa.
La literatura permite observar esa contradicción: el amor puede haber terminado, pero su huella permanece.
Supervivencia frente a ideología
En uno de los planteamientos más contundentes de la entrevista, Vilas afirma que la supervivencia se impone sobre la ideología. Las creencias teóricas pueden estructurar el pensamiento, pero cuando la vida se quiebra, lo que prevalece es el instinto.
La supervivencia es una fuerza biológica. Se abre paso incluso en medio del dolor. Frente a la tristeza que pueden generar determinadas construcciones ideológicas, la necesidad de seguir adelante actúa como impulso vital.
En Islandia, este principio se traduce en la capacidad de transformar la ruptura en aprendizaje y de continuar viviendo pese a la fractura emocional.
Manuel Vilas, escritor de la memoria y la introspección
Con Islandia, Manuel Vilas, escritor, consolida una línea literaria centrada en la exploración autobiográfica y en la reflexión existencial. La novela no busca ofrecer respuestas cerradas, sino plantear preguntas sobre el amor, el error, la culpa y el paso del tiempo.
La obra combina introspección psicológica, análisis lingüístico y filosofía de la memoria. En ella, la experiencia personal se convierte en materia universal, capaz de interpelar a cualquier lector que haya atravesado una ruptura o que haya sentido el peso de la culpa.
Islandia confirma que la literatura puede ser una herramienta para comprender la propia vida, ordenar el pasado y enfrentarse a la incertidumbre del presente.
Preguntas frecuentes sobre Manuel Vilas
¿Dónde y cuándo nació Manuel Vilas?
Manuel Vilas nació en Barbastro (Huesca) el 19 de julio de 1962.
¿Qué estudió Manuel Vilas?
Estudió Filología Hispánica.
¿Cuál es el libro más conocido de Manuel Vilas?
Ordesa (2018), una novela autobiográfica sobre sus padres que vendió más de cien mil ejemplares y se tradujo a más de veinte lenguas.
¿Qué premios ha ganado Manuel Vilas?
Entre otros, el premio Nadal 2023 por Nosotros, el premio Femina extranjero 2019 por Ordesa y fue finalista del premio Planeta 2019 con Alegría.
¿De qué trata «Islandia», de Manuel Vilas?
Islandia (Destino, 2026) relata su divorcio de la escritora Ana Merino.
¿Qué es «Zeta», el libro con el que Manuel Vilas volvió a las librerías en 2026?
Zeta (Páginas de Espuma, 2026) es la reedición en un solo volumen de los dos primeros libros de relatos de Manuel Vilas, descatalogados durante más de veinte años, que el propio autor corrigió y reescribió para esta nueva edición.
Las novelas de Manuel Vilas
Zeta
Reedición en un solo volumen (Páginas de Espuma, 2026) de sus dos primeros libros de relatos, corregidos y reescritos por el propio autor más de veinte años después.
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Su novela más reciente, la única citada por título en esta entrevista para La Razón.
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Novela de 2021 (Planeta) situada al inicio del confinamiento por la COVID-19: de la angustia a una salvación por el erotismo y un amor quijotesco a la vida.
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